El siguiente texto aparecerá como editorial en la prestigiosa (ejem) revista cerocoma:
Descubierto el eslabón perdido de la evolución humana. Éste, o una variante suya, ha sido el titular elegido por los medios de comunicación para dar cuenta de la noticia del descubrimiento de Ida, el fósil de una especie de primate (Darwinius masillae) que vivió hace 47 millones de años. También fue ése el titular, si bien con un tinte más localista, el utilizado hace 5 años para informar del hallazgo de Pierolapithecus catalaunicus. En realidad, cada vez que se produce un descubrimiento paleontológico significativo, y especialmente si el fósil pertenece al linaje humano, los periodistas recurren (recurrimos) al manido “encontrado eslabón perdido”.
Parece que da igual que esta expresión, heredada de los comienzos de la paleontología evolutiva como disciplina científica, ya no esté en uso entre los científicos. Es más, parece que dan igual las protestas que surgen de entre los paleontólogos, antropólogos o biólogos evolucionistas en general, hartos de tener que aclarar que ni el eslabón perdido era catalán ni mucho menos eslabón, porque eso implicaría que la evolución es una sucesión lineal de especies y no el complicado proceso de ramificación y coexistencia que en realidad es. Con lo sencillo que sería sustituir las dos palabras “eslabón perdido” por las otras dos “fósil transicional”, alegan.
Pero es que los científicos no son periodistas, así que no pueden entender que no se puede permitir que los hechos (mucho menos las teorías) estropeen una buena historia. Por manida que sea. Luego no nos quejemos de que nos acusen de falta de rigor o de la aparente hostilidad con que nos tratan algunos cuando recurrimos a ellos para informarnos. Si los periodistas, siempre vigilantes, ponemos el grito en el cielo ante los casos de fraude científico (pocas cosas hay peores que un científico que ignora el rigor debido), es normal que los científicos hagan lo recíproco. Lo que no es normal es ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio una y otra vez.
El periodismo y la ciencia comparten, o deberían compartir, principios y metodologías. En ambos campos se investiga, los datos se contrastan y el profesional debe ser lo más escéptico y objetivo posible, para no dar por verdadero nada que no lo sea. Por eso, precisamente, cuando se hace periodismo científico el rigor debería estar por encima de todo, especialmente por encima de cualquier titular, por atractivo que sea. Si hacemos caso a la pirámide invertida, por mucho que hayamos cuidado la redacción del cuerpo de la noticia o el reportaje, lo que el lector se va a llevar a casa es el titular. Debería ser, pues, el último sitio donde rebajar el rigor exigido.

